En 1986, Judy Shepard-Kegl entró en una escuela vocacional de Managua pensando que sería una visita de asesoría. La lingüista había sido invitada por el Ministerio de Educación de Nicaragua para observar lo que estaba ocurriendo entre los estudiantes sordos. Alguien señaló a unos niños que se movían de un lado a otro en una pequeña cancha de baloncesto y le planteó el problema sin rodeos: “Queremos entender de qué están hablando”.[4]
La Lengua de Señas Nicaragüense, o Idioma de Señas de Nicaragua, surgió entre niños sordos reunidos en escuelas de Managua a finales de la década de 1970 y durante la de 1980. Los lingüistas la estudian porque ofrece un caso raro y documentado de una lengua nueva formándose dentro de una comunidad viva.
Antes de que existieran esas escuelas, Nicaragua no tenía una comunidad sorda grande y conectada.[1] Por lo general, los niños sordos estaban separados unos de otros y se comunicaban en casa mediante gestos familiares, señas simples y lo que los hispanohablantes llamaban mímicas.[1] Algunos hermanos sordos desarrollaban sistemas privados propios, pero no había una lengua de señas nacional compartida esperando a los niños cuando se encontraran.[1]
El encuentro comenzó con una decisión política, no con un experimento lingüístico. Después de que el gobierno sandinista llegó al poder en 1979, impulsó programas de alfabetización y educación especial, incluida la escolarización de niños sordos.[2] Un centro de educación especial en el barrio San Judas de Managua tenía 50 niños sordos en 1977, y luego unos 100 en 1979.[1] En 1980 abrió una escuela vocacional en Villa Libertad. Para 1983, más de 400 alumnos sordos estaban matriculados entre las dos escuelas.[1]
Dentro del aula, el plan oficial hacía hincapié en el español hablado y la lectura de labios. Los maestros usaban señas solo de forma limitada, sobre todo para el deletreo manual, y se desalentaba a los estudiantes de usar gestos en clase.[1][4] Fuera de la lección, los niños seguían mirándose entre sí, probando señas, ajustándolas y logrando hacerse entender.
El patio hizo lo que el aula no pudo
Los niños llegaban con señas caseras de hogares distintos. En el patio, en los pasillos y durante las rutinas escolares, esos sistemas privados empezaron a chocar y mezclarse.[2] Un gesto que funcionaba con una madre tenía que funcionar con otro niño. Una seña inventada por un adolescente tenía que ser comprendida por un estudiante más pequeño. Con el tiempo, el sistema compartido se volvió más estable y más complejo a medida que nuevas cohortes ingresaban en las escuelas.
Atlas Obscura describe la Lengua de Señas Nicaragüense como la única lengua creada espontáneamente, sin la influencia de otras lenguas, que ha sido registrada desde su nacimiento.[2] El relato de The World la presenta como un experimento natural que los lingüistas encontraron cuando apenas tenía unos pocos años de existencia.[4] En ambas versiones, el hecho extraordinario es el mismo: los investigadores pudieron observar una lengua joven en uso, en lugar de reconstruir su origen a partir de registros antiguos.
Para mediados de la década de 1980, los maestros ya podían ver que los estudiantes se comunicaban con fluidez usando las manos, aunque en Nicaragua no se había introducido ninguna lengua de señas oficial.[4] Shepard-Kegl, formada en el MIT y con experiencia en lenguas de señas, se dio cuenta de que estaba viendo algo más que improvisación escolar.[4] Descripciones posteriores de la Lengua de Señas Nicaragüense señalan que desarrolló su propio vocabulario y una gramática compleja.[4]
Una lista de gestos puede ayudar a las personas a pasar el día. Una lengua hace más que eso: le da a una comunidad formas fiables de describir quién hizo qué, dónde ocurrió algo y cómo encajan las ideas entre sí. En Nicaragua, la materia prima no fue un diccionario transmitido por adultos. Fueron niños intentando, una y otra vez, ser entendidos por otros niños.
La lengua no quedó congelada en la década de 1980. El resumen de Sertoma señala que la Lengua de Señas Nicaragüense sigue evolucionando y ahora está siendo transmitida por nuevas generaciones, incluidos padres que aprenden a hacer señas con sus hijos.[3] Lo que comenzó entre estudiantes en Managua se convirtió en una lengua comunitaria, con suficiente continuidad como para que los investigadores puedan seguir sus cambios a lo largo del tiempo.
Vista desde lejos, la escena podría haber parecido corriente: niños fuera de una escuela, hablando mientras los adultos tenían dificultades para seguirlos. En aquella pequeña cancha de baloncesto, la evidencia no era un monumento ni un manuscrito. Era una multitud de manos moviéndose en el aire.




