El 18 de febrero de 1964, un empleado de la embajada británica llegó a Varsovia con un nombre que hacía que pasar desapercibido fuera casi imposible. Era James Albert Bond, de Devon, y llegó con su esposa y su hijo de seis años para ocupar un puesto de bajo rango en la Embajada Británica, oficialmente como secretario-archivero del agregado militar.[1]
Los archivos de la contrainteligencia polaca muestran que un James Albert Bond real trabajó en la Embajada Británica en Varsovia en 1964, donde las autoridades comunistas lo vigilaron y sospecharon que recopilaba información sobre instalaciones militares.
Para cuando Bond llegó a la Polonia comunista, el espía ficticio de Ian Fleming ya era famoso. Ya se habían estrenado dos películas de Bond protagonizadas por Sean Connery, y la tercera, Goldfinger, llegó en 1964.[2] Para un hombre que trabajaba cerca de los círculos de inteligencia, aquel nombre era menos una tapadera que un foco apuntándole directamente.
El expediente hallado más tarde en el archivo del Instituto de la Memoria Nacional de Polonia describe una vida mucho menos cinematográfica de lo que sugería su nombre. James Albert Bond nació en Bideford, Devon, en 1928, y en Varsovia ocupó un puesto de embajada lleno del mobiliario gris de la burocracia: archivos, papeleo del agregado militar, cobertura diplomática.[3] En el registro conservado no hay ningún Aston Martin, ningún casino, ningún villano teatral. Hay un escritorio, una familia y un expediente de seguridad comunista.
Como diplomático británico en la Polonia comunista, Bond fue puesto automáticamente bajo vigilancia por el Departamento II, la rama de contrainteligencia del Ministerio del Interior.[1] Los oficiales lo describieron como “hablador, pero cauteloso”, y señalaron su interés por las mujeres.[3] Otro relato de los informes polacos lo calificaba de “moderadamente intelectual”, “hablador”, “muy cuidadoso”, aficionado a la cerveza e interesado en las mujeres.[2]
Un nombre famoso tras el Telón de Acero
El trabajo oficial de Bond no explicaba todos sus movimientos. Durante sus meses en Polonia, hizo varios viajes al noreste del país mientras acompañaba a altos cargos de la estación local del SIS.[1] Según relatos polacos, se sospechaba que intentaba reunir información sobre instalaciones militares, incluidas las de los voivodatos de Olsztyn y Białystok.[2]
Ese tipo de labor tenía su lógica en la Guerra Fría. En la década de 1950, personal de inteligencia occidental en Polonia había realizado viajes por el campo para fotografiar, cartografiar y recoger fragmentos de información sobre unidades del ejército, campos de entrenamiento y vías férreas.[1] Los nudos ferroviarios importaban porque determinaban la rapidez con la que las fuerzas soviéticas y aliadas podían desplazarse por la región. Un memorando de 1955 del Comité Conjunto de Inteligencia británico, citado por el IPN, concluía que detener la movilidad del Ejército Rojo exigiría bombardear con armas nucleares cincuenta nudos clave en Polonia.[1]
Para mediados de la década de 1960, el ambiente había cambiado. El IPN señala que la inteligencia occidental seguía interesada en el potencial militar de Polonia, pero los viajes personales para fotografiar cuarteles ya no eran el método preferido. Las fuentes mejor situadas se habían vuelto más útiles, y las excursiones por el campo podían parecer tanto viajes rutinarios como espionaje.[1]
Eso es lo que hace tan extraño el destino de Bond. Sir Richard White, entonces jefe del SIS, había autorizado el envío de un operativo de bajo nivel con el nombre de un espía mundialmente famoso a un país donde la contrainteligencia comunista ya vigilaba a los diplomáticos británicos.[1] Un relato posterior sugirió incluso que la misión pudo haber sido una broma de la inteligencia británica, ya que un hombre llamado James Bond en la Embajada Británica de la Polonia de la Guerra Fría tenía casi garantizado llamar la atención.[2]
El expediente sin fuegos artificiales
Los oficiales polacos no descubrieron una gran aventura. Su expediente recoge sospechas, viajes, notas sobre su personalidad y poco más. En un plazo de diez meses, Bond envió a su esposa y a su hijo de vuelta a Gran Bretaña para Navidad. Unas semanas después, en enero de 1965, él también dejó Polonia, al parecer para siempre.[1]
Lo que queda es una historia de espionaje despojada de todo glamour: un puesto de embajada, notas de vigilancia, viajes por el noreste de Polonia y un nombre demasiado llamativo para aquel trabajo. El Bond ficticio tenía una melodía propia. James Albert Bond dejó tras de sí un expediente comunista que describía a un empleado británico de embajada cuidadoso y hablador, cuyo nombre hacía casi todo el ruido.






