El cancán no escandalizó al público del siglo XIX por ser sutil. Lo escandalizó porque sabía exactamente dónde estaba la línea, y luego la cruzaba de una patada.
A ojos modernos, el baile puede parecer casi juguetón: patadas altas, faldas al vuelo, gritos, aperturas de piernas, volteretas. Pero para el público parisino del siglo XIX, esto no era solo entretenimiento exuberante. Era un coqueteo público con la exhibición. En aquella época, las mujeres solían llevar pantalettes, una prenda interior con piernas separadas y la entrepierna abierta. Así que cuando una bailarina lanzaba la pierna por encima de la cabeza y hacía volar capas de enaguas, el efecto era deliberadamente revelador, de una forma que la sociedad respetable encontraba a la vez electrizante y alarmante.[1]
Ese detalle importa porque explica por qué el cancán causó tanto revuelo. El escándalo no estaba simplemente en que las mujeres dieran patadas. Estaba en que la ropa de la época convertía esas patadas en una provocación social. El baile se construía en torno a levantar las faldas con energía, mostrar las enaguas y ejecutar movimientos que empujaban el cuerpo al centro de la escena. El escándalo era en parte coreografía, en parte vestuario, y en parte ese hecho emocionante de que todo el mundo en la sala entendía perfectamente lo que se estaba insinuando.[1]
Un baile nacido del desorden
El cancán no comenzó como un número escénico pulido. Se cree que evolucionó a partir de la figura final de la cuadrilla, un baile social para varias parejas, y sus primeros años son algo difusos, como suele ocurrir con la historia de las cosas indómitas.[1] Lo que sí está claro es que el baile surgió en la década de 1840 como algo atlético, improvisado y ligeramente desordenado, con pasos que quizá se inspiraron en el acróbata Charles-François Mazurier, cuyas aperturas en salto y exhibicionismo físico anticiparon algunos de los movimientos más famosos del cancán.[1]
Antes de que el Moulin Rouge lo convirtiera en una postal, el cancán era mucho más áspero. Durante la década de 1830, solía bailarse en salones públicos por grupos de hombres, especialmente estudiantes.[1] Solo ese dato ya corrige un estereotipo moderno. El baile que hoy asociamos casi por completo con filas de mujeres con volantes comenzó siendo algo mucho menos fijo, más democrático y más caótico. Fue una erupción social antes de convertirse en un espectáculo de marca.
Y precisamente porque era caótico, las autoridades se fijaron en él. El baile era considerado ampliamente escandaloso, y a veces se arrestaba a los bailarines. Pero, pese a los relatos posteriores, no existe un registro claro de que el cancán llegara a prohibirse formalmente.[1] Eso parece apropiado. No era lo bastante obsceno como para desaparecer, solo lo bastante provocador como para volver una y otra vez.
Por qué las patadas parecían peligrosas
La genialidad del cancán estaba en convertir el movimiento en travesura. Sus elementos distintivos, las patadas altas, las aperturas, las volteretas y el manejo agresivo de faldas y enaguas, no eran adornos accidentales. Eran el centro de todo.[1] En una cultura obsesionada con las reglas del decoro femenino, el cancán volvió el cuerpo de la mujer ruidoso, enérgico e imposible de ignorar.
Y aun así, lo hacía dentro de un límite fascinante. El registro histórico sugiere que no hay pruebas de que las bailarinas de cancán llevaran ropa interior cerrada especial para hacer el baile menos revelador. Al mismo tiempo, se ha dicho que la dirección del Moulin Rouge no permitía que las artistas bailaran con prendas especialmente atrevidas. Esa tensión es justamente la clave. La notoriedad del cancán no vivía en la exposición total, sino en la insinuación, la velocidad y la casi exposición.[1]
Así es como suele funcionar el pánico cultural. No se concentra en lo que se muestra por completo. Se concentra en lo que casi se muestra, en lo que flota en el borde de la decencia y obliga al público a completar la imagen por su cuenta.
De molestia pública a vehículo de estrellas
A medida que el baile ganó popularidad, los profesionales tomaron el relevo. Algunos bailarines varones se convirtieron en estrellas a mediados del siglo XIX, y una troupe enteramente masculina, la Quadrille des Clodoches, actuó en Londres en 1870.[1] Pero fueron las mujeres quienes se convirtieron en el rostro de la era de celebridad del cancán. Para la década de 1890, bailarinas como La Goulue y Jane Avril ya eran lo bastante famosas como para ganarse la vida con ello a tiempo completo, actuando en el Moulin Rouge y en otros locales como estrellas, no como simples curiosidades.[1]
Ese fue el momento en que el cancán cambió de identidad. Dejó de ser solo un baile problemático para convertirse en una profesión, un motor turístico y un símbolo visual de París. Henri de Toulouse-Lautrec pintó a sus bailarinas y las convirtió en mito moderno a través de sus carteles. Lo que antes atraía la atención de la policía ahora ayudaba a definir la marca nocturna de la ciudad.[1]
Y entonces llegó otro giro. La versión que hoy imagina la mayoría, ese espectáculo de coro rígidamente coreografiado conocido como el "French Cancan", no era en absoluto la forma original. Ese estilo tomó forma en la década de 1920, cuando el coreógrafo Pierre Sandrini fusionó la antigua tradición parisina de las salas de baile con las rutinas en línea populares en los music halls británicos y estadounidenses.[1] En otras palabras, el cancán clásico de la memoria popular ya era una reinvención, construida en parte para turistas que querían París destilado en diez minutos ruidosos y llenos de piernas al aire.
El verdadero escándalo
Lo que hacía poderoso al cancán no era solo que mostrara ropa interior. Era que revelaba un cambio en quién podía reclamar la atención en público. Las bailarinas eran ruidosas, físicas, cómicas, eróticas y desafiantes al mismo tiempo. Tomaron las reglas de la feminidad respetable y las convirtieron en utilería.
Por eso el baile perduró. No porque fuera indecente en un sentido simple, sino porque entendía una verdad más profunda sobre la actuación: el escándalo se recuerda, pero el escándalo controlado es inolvidable. El cancán convirtió las enaguas expuestas, las pantalettes de entrepierna abierta y las patadas imposibles en una forma de arte. Y luego París vendió esa forma de arte al mundo.[1]




