Según el relato de Martin Juergens, la herencia familiar no es un campo a las afueras de un pueblo ni una casa con goteras en el tejado. Es la Luna. Este reclamante alemán dice que Federico el Grande se la concedió a uno de sus antepasados en 1756 como agradecimiento simbólico por los servicios prestados, con la condición de que la herencia pasara por línea del hijo varón menor.[1]

Martin Juergens, un reclamante alemán, afirma que la Luna pertenece a su familia desde 1756, cuando Federico el Grande se la otorgó simbólicamente a su antepasado y ordenó que pasara por línea del hijo varón menor.[1]

La afirmación forma parte de una curiosa costumbre humana: redactar documentos de propiedad sobre lugares que nadie puede ocupar de la manera habitual. La Luna, visible para cualquiera bajo un cielo despejado, ha atraído repetidas reclamaciones privadas, aunque la mayoría de las pretensiones sobre bienes raíces extraterrestres no han sido reconocidas por ninguna autoridad y carecen de validez legal.[1]

La versión de Juergens tiene más sabor a antigua disputa hereditaria que a negocio de recuerdos. Se presenta como un gesto real, una línea familiar y una regla sucesoria. Lo insólito no es solo el objeto heredado. También lo es la solemnidad de la forma: un rey, un antepasado, un hijo menor y el disco brillante que se alza sobre los tejados de todos los demás.

La Luna atrae papeleo

Otros reclamantes intentaron hacerse con el mismo premio imposible usando herramientas más modernas. En 1953, el abogado chileno Jenaro Gajardo Vera se hizo conocido por reclamar la propiedad de la Luna.[1] El 15 de junio de 1936, A. Dean Lindsay reclamó todos los objetos extraterrestres, envió una escritura y dinero a un notario público de Pittsburgh y más tarde recibió ofertas de miembros del público que querían comprarle objetos.[1]

Lindsay ya había presentado reclamaciones sobre los océanos Atlántico y Pacífico, lo que da al episodio la sensación de un cartógrafo al que se le está acabando el mapa.[1] Una escritura normal señala un límite, una parcela, un registro fiscal, quizá un vecino que discute la valla. Una escritura lunar apunta hacia arriba. El lenguaje resulta familiar. El destino, no.

El derecho espacial moderno se redactó para impedir que ese lenguaje se convirtiera en una carrera por el territorio. El Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre de 1967 describe el espacio exterior como “provincia de toda la humanidad” y prohíbe que las naciones reclamen soberanía territorial allí.[1] Royal Museums Greenwich plantea el problema práctico con claridad: cualquiera puede disfrutar mirando la Luna, pero comprar una parcela en ella no es necesariamente lo que parece.[2]

Por qué una bandera no es un título de propiedad

El tratado surgió de la carrera espacial y fue firmado en 1967 por Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética.[3] Sus normas se aplican al espacio y a los cuerpos celestes, incluida la Luna, y establecen que la exploración y el uso deben realizarse en beneficio e interés de todos los países.[3] También señalan que el espacio exterior no está sujeto a apropiación nacional.[3]

Eso deja poco margen para la popular escapatoria: si un país no puede poseer la Luna, quizá sí pueda hacerlo una persona. Expertos en derecho espacial citados en debates sobre la propiedad lunar sostienen que los ciudadanos y las empresas no pueden reclamar el espacio exterior cuando a los propios Estados nación se les prohíbe hacerlo.[3] Para la mayoría de las reclamaciones individuales, el resultado práctico es el mismo: escaso peso legal y ninguna autoridad reconocida que las respalde.[1]

Aun así, las reclamaciones perduran porque son algo más que argumentos legales. Son historias portátiles. Un abogado en Chile. Un hombre escribiendo a un notario en Pittsburgh. Un heredero alemán invocando a Federico el Grande. Cada una reduce la inalcanzable Luna a algo de escala humana: un documento, una línea familiar, una firma, una oferta de compra.

En una noche despejada, la Luna no parece propiedad privada. Sale sin valla, sin cartel de aviso, sin un hijo menor haciendo guardia abajo. Y, sin embargo, en el extraño registro de los bienes raíces extraterrestres, también arrastra un rastro de papeles: un regalo real en la historia familiar de Juergens y una herencia demasiado grande para caber en cualquier escritura terrenal.

Fuentes

  1. Extraterrestrial real estate, Wikipedia
  2. Who owns the Moon?, Royal Museums Greenwich
  3. Can Anyone 'Own' the Moon?, Science Times