En 1586, un sacerdote jesuita llamado Alonzo Sánchez estaba en Manila y escribió lo que quizá fuera el plan de batalla más audaz de la historia colonial. Su objetivo: la China de la dinastía Ming, con una población de unos 150 millones. La fuerza de invasión que proponía: unos 10.000 soldados españoles, miles de guerreros filipinos y samuráis japoneses reclutados en Nagasaki. Sus armas secretas: misioneros jesuitas ya dentro del país, 200.000 pesos reservados para sobornar a funcionarios chinos y la sincera convicción de que Dios estaba de su lado.[1]
No era una fantasía. Era un proyecto oficial del gobierno llamado la Empresa de China, y contaba con el respaldo de Felipe II de España, el monarca más poderoso de la Tierra.[1]
La idea venía de décadas atrás. En 1526, Hernán Cortés escribió al rey Carlos V sugiriendo conquistar China desde sus nuevos puertos del Pacífico en México.[2] La lógica era embriagadora: si un puñado de españoles podía derribar a los aztecas y a los incas con aliados locales, ¿por qué no repetir el truco en Asia? España colonizó Filipinas en la década de 1560, y los misioneros que visitaron el continente regresaron diciendo que la población de China era enorme, pero "no belicosa", y que la gente resentía a sus propios funcionarios.[1][2]
Sánchez convirtió esa información en un plan. Había visitado China dos veces a comienzos de la década de 1580 y fue arrestado en su segundo viaje. Regresó a Manila convencido de que solo la fuerza abriría China al cristianismo.[3] Sus aliados en el Sínodo de Manila invocaron las teorías de la guerra justa de Francisco de Vitoria para sostener que la invasión estaba legalmente justificada. Mientras tanto, el jefe de la misión jesuita en Japón, Francisco Cabral, ofreció a dos de sus colegas como espías: Matteo Ricci y Michele Ruggieri, que ya vivían dentro de China.[1][4]
Para 1586, Sánchez ya había puesto todo por escrito. La invasión saldría de Filipinas en dos frentes. Los jesuitas servirían como guías, traductores y activos de inteligencia. Después de la conquista, el plan pedía conversiones masivas, la fundación de haciendas coloniales, hospitales y universidades, y un programa patrocinado por el Estado de matrimonios entre españoles y mujeres chinas para crear una nueva población mestiza que luego conquistaría el resto de Asia.[1][5]
En 1587, casi se volvió real. Se levantaron fortificaciones en Manila. Se almacenaron armas. Llegó desde Hirado una flota japonesa bajo el mando de Konishi Yukinaga, un almirante cristiano, ofreciendo soldados para una invasión conjunta.[5] Sánchez viajó a España, obtuvo una audiencia personal con Felipe II y, en marzo de 1588, el rey autorizó una comisión oficial de planificación.[6]
Cinco meses después, la Armada española fue destruida en el canal de la Mancha.[6]
Aquel desastre, combinado con la oposición furiosa de frailes dominicos y franciscanos que sostenían que la invasión pondría en peligro su propio trabajo misionero, mató el proyecto para siempre.[6] La propia dirección de los jesuitas se volvió contra Sánchez: el superior general Claudio Acquaviva encargó al teólogo José de Acosta que escribiera una refutación formal usando las mismas teorías de la guerra justa que Sánchez había invocado, esta vez para argumentar que la invasión no estaba justificada.[7]
La Empresa de China se desvaneció en silencio. España conservó Filipinas. China siguió siendo China. Y uno de los planes militares más detallados y ambiciosos de la historia se convirtió en una nota al pie que la mayoría de la gente nunca ha oído.[1]






